lunes, 4 de febrero de 2013

MÁRMOL Y BRONCE

Hace algunos años ocurrían dos cosas en mi vida: era asidua concurrente a las luchas y tomé un curso de creación literaria. A las luchas ya no voy pero creo que siempre me van a gustar, así que me agrada retomar el nombre de la novela que le dediqué a ese deporte - espectáculo que tanto apasiona a la gente, que tanta diversión me brindó y al que le guardo especial cariño.
Mi novela tiene como protagonistas a dos luchadores encumbrados, dos figuras, o como se dice en el ambiente, dos leyendas. En ella, narro cómo se conocieron, cómo llegaron a la fama siendo los mejores amigos del mundo, cómo se hicieron acérrimos e irreconciliables rivales y cómo esa rivalidad sólo podía terminar en una lucha donde apuestan sus máscaras, su reputación y prácticamente su vida.
Esta es la introducción de esta novela:
MÁRMOL Y BRONCE
         Recortándose contra la luz, sus siluetas entrelazadas despiden majestuosidad. Antiguo escultor los inmortalizó enlazando en su obra, lo terrenal y lo eterno.
Son dos figuras masculinas en pleno intercambio de poder, sus músculos de piedra han contemplado los siglos desde el espléndido podio de metal pardusco.
         Aquella efigie es homenaje a los hombres cuyo valor y fuerza estremecieron a la muchedumbre que los vio entregar la vida, dependiendo de su pericia para sobreponerse al dolor, al cansancio o la deshonra en pos de la victoria.
El desconocido artífice supo extraer del mármol a los gladiadores, en una manifestación reservada a quien posee el toque privilegiado de entender la nobleza del albo mineral. En perfecta amalgama, ubicó la pieza sobre un pedestal brotado de la fragua.
Nacido de unir cobre y estaño, el bronce sólo admite la mano experta de quien sabe conjuntar conocimiento y sensibilidad para forjarlo.
Mármol y bronce. Juntos logran imponerse al tiempo, pocos materiales en la historia han logrado compenetrarse de modo tan magnífico. Desde siempre han sido escogidos para dar un toque perpetuo, quedando ligados a la belleza y al poder, como testigos del avance de la humanidad, inmortalizando a héroes, dioses o reyes por igual.
Hoy, la escultura reposa en una sala de museo dedicada a las civilizaciones antiguas. Tras mirarla con asombro y escuchar el comentario paterno, el niño abre la boca tanto como los ojos mientras su manita levanta un pedazo de tela oscura con adornos de colores. ¡Pero ellos no usaban máscaras, papá! El hombre ríe mientras el pequeño cubre su rostro, ahora se siente pleno de poder, capaz de enfrentar a cualquier enemigo, de vencer todos los obstáculos igual que los luchadores modernos, quienes a su vez, vistiendo esa singular prenda encubridora de personalidades, reviven el sueño de omnipotencia infantil.
-Por cierto hijo, dice el padre dando una última ojeada a la estatua y dirigiéndose a la salida, -es hora de irnos a la arena. Como cada domingo, irán a presenciar el polémico espectáculo que en apariencia habrá cambiado mucho desde los tiempos en que se esculpió a estos jóvenes, pero en cuya esencia perduran huellas de arte y leyenda. 

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